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Análisis de Rosario Navarro: Data, percepción y corazón

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Columna publicada en Economía y Negocios de El Mercurio el lunes 27 de julio de 2020.

Cuando niños nos aproximábamos al mundo a partir de preguntas formuladas a nuestros siempre atentos padres, ¿quién es más fuerte, un león o un tiburón?, ¿quién es más rápido, un rayo o un cohete? y así explorábamos el vasto universo, buscando información. Ávidos de respuestas, a partir de los datos que recolectábamos, nos íbamos haciendo una idea del mundo que nos rodeaba. ¿Qué más propio de un niño que hacerse preguntas? (tengo amigos científicos que siguen siendo curiosos como un niño, les dejo esa pista).

A medida que fuimos creciendo, la biblioteca y la enciclopedia pasaron a ser las fuentes a las cuales recurrimos en búsqueda de ese conocimiento, los libros fueron nuestros grandes aliados para echar a volar la imaginación y descubrir mundos nuevos. Luego, con la llegada de internet, el acceso a la información auguraba una democratización del conocimiento, la oportunidad para que la humanidad completa diera un salto, derribando las barreras del aprendizaje, dando origen a una sociedad informada, atenta y más conectada.

Nos imaginábamos un mundo lleno de exploradores cibernéticos, que con solo un clic podrían asomarse a las sonatas de Bach, las películas de Kurosawa, los dibujos sobre anatomía de Leonardo, ¿acaso eso no nos haría libres, creadores de nuevos escenarios y soluciones?

Lamentablemente ese sueño no cristalizó como queríamos. Hoy la percepción personal es mucho más valorada que la razón y los datos, y muchos han dejado de confiar en el conocimiento técnico y vemos cómo las emociones, el ego o la necesidad de ganar adeptos nos llevan a ignorar las evidencias para la buena toma de decisiones. En las redes proliferan las noticias falsas, las cifras tendenciosas y manipuladas, ya nadie busca la fuente, como autómatas compartimos memes y videos, sin siquiera detenernos a reflexionar sobre su veracidad. En estos tiempos, disentir con argumentos técnicos te transforma en un tecnócrata sin sentimientos, mientras quienes ven el mundo solo a través de datos y cifras, tampoco son capaces de ver el cuadro completo. Pero entonces, ¿cómo atacamos esta pugna entre la data y la percepción?

Creo que la respuesta está en el corazón, en no dejarnos abatir y empezar a operar con una lógica de empatía informada. No dejemos morir al científico que llevamos dentro, colaboremos al usar los datos y cifras de forma responsable y no perdamos la capacidad más humana de todas, mirarnos a los ojos y tener conversaciones donde reconozcamos el aporte de las diferencias y la posibilidad de construir mejores futuros si ampliamos nuestra mirada. Solo así podremos recuperar esa curiosidad y ansias de aprender propias de la infancia, las ganas de descubrir una verdad, que no es absoluta, pero sí estructurada con evidencias.