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Opinión

COLUMNA: Dedus Crespus, el síndrome de los dedos crespos

Publicado por Mercedes Ducci en Género y educación , Mujer y trabajo , Noticias destacadas , Fecha 7 mayo , 2021

Por Mercedes Ducci Budge, presidenta de ComunidadMujer

Este no es sólo un tema de retirar los platos o sacar la basura. No es “ayudar” por buena voluntad. Se trata de comprender las implicancias de la repartición actual del trabajo doméstico y de cuidado, y poner al trasluz una distribución que se apoya en estereotipos ya superados.

“Muchos lo sufren, pero pocos saben que lo tienen”, plantea la campaña lanzada por ComunidadMujer esta semana y que ya suma más de 33.000 test de hombres que quieren saber qué nivel de este síndrome tienen. Está dando qué hablar y era el objetivo. Decidimos hacer ruido para instalar con humor en el debate público un tema serio y preocupante: la marcada ausencia de los hombres en las tareas del hogar y de cuidado, que quedó dramáticamente al descubierto en pandemia. Y esta vez, apelar a la atención de ellos.

Con un spot en tono documental, un sitio web y acciones en redes sociales, queremos gatillar conversaciones sobre esos “acuerdos tácitos” que tienen más de tácito que de acuerdo, porque nunca se cuestionaron. Y presentar caminos de solución que simplemente tienen que ver con la voluntad.

COLUMNA: La desproporcionalidad de la pandemia

Publicado por Claudia Yachan en Mujer y trabajo , Mujer y trabajo , Noticias , Noticias destacadas , Fecha 9 noviembre , 2020

Por Claudia Yachan Durán, directora de Comunicaciones de ComunidadMujer

Efectivamente el COVID 19 solo vino a agudizar una crisis de los cuidados que lleva décadas y a evidenciar la sobrecarga que se llevan las mujeres entre trabajo remunerado y no remunerado (conocida como carga global). El problema es que aquí no sólo hablamos de agotamiento, como podrían pensar algunos, sino del retroceso más brutal en términos de participación laboral de las mujeres.

Tenía esperanza. Esta pandemia podría ser una oportunidad real y concreta para poner acelerador al cambio cultural que tanto necesitamos, al menos, al interior de los hogares. De un día a otro, éstos se transformaron en oficinas, sala de juegos y de clases. Y con ello, se derribó una frontera hasta ahora bastante invisible, agudizando la crisis de los cuidados que, sabemos, afecta mayoritariamente a mujeres y niñas. Sí, era la gran oportunidad: hombres y mujeres, niños y niñas, confinados juntos, ante la evidente necesidad de hacerse cargo, como equipo, de las múltiples labores del día a día. Pero, al menos hasta ahora, nada ha cambiado y las cifras son devastadoras.

El último estudio del Centro de Encuestas y Estudios Longitudinales (UC) sobre la distribución del trabajo en los hogares durante la pandemia reveló, entre otros, que un 38% de los hombres dedicó cero horas semanales (sí, cero horas) a realizar tareas domésticas como cocinar, hacer aseo y lavar ropa, frente al 14% de las mujeres. En un revelador resumen, las mujeres dedicaron 9 horas semanales más que los hombres a estas labores.

Efectivamente el COVID 19 sólo vino a agudizar una crisis de los cuidados que lleva décadas y a evidenciar la sobrecarga que se llevan las mujeres entre trabajo remunerado y no remunerado (conocida como carga global). El problema es que aquí no sólo hablamos de agotamiento, como podrían pensar algunos, sino del retroceso más brutal en términos de participación laboral de las mujeres.

Según cálculos recientes de ComunidadMujer, en el último año 899 mil mujeres perdieron su empleo y el 88% de esas mujeres salió de la fuerza de trabajo, es decir, figuran como “inactivas” y no como “desocupadas” dado que no están buscando empleo. ¿Por qué? Precisamente por la inexistencia de un sistema de cuidados que les permita delegar esta función y salir a trabajar.

Así, la pérdida de puestos de trabajo no ha sido proporcional, sino que ha afectado considerablemente más a las mujeres. Sí, hablamos de un retroceso de, al menos, una década en términos de igualdad de género en el mercado laboral.

Sin ir más lejos, por estos días la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) indicó que la crisis económica generada por el Covid-19 dejará a 118 millones de latinoamericanas viviendo en la pobreza este 2020, un 22% más que el año anterior.

Esta pandemia, entonces, debiese comprometer la acción decidida de distintos actores de la sociedad y, entre ellos, también los medios de comunicación y la publicidad. Desde estos espacios es posible acelerar el cambio cultural, propiciar nuevos modelos de rol, no sólo para visibilizar a las mujeres donde suelen no estar, sino también para instalar nuevas masculinidades y una paternidad activa y corresponsable.
Por cierto, que ha habido avances en este sentido y probablemente el principal es que mucho de lo que hasta hace poco ni se cuestionaba, hoy comienza a parecer intolerable. La cobertura noticiosa de temas de violencia de género o intrafamiliar es ejemplo emblemático de esto, reproduciendo, en muchos casos, sesgos y estereotipos lamentables que terminan responsabilizando a la víctima y no al victimario (“Y la culpa no era mía, ni donde estaba ni como vestía” … ¿cierto?).

En este ámbito está todo por hacer y, por otras latitudes, la deconstrucción de la cultura patriarcal comienza a instalarse como tendencia. Al respecto, dos buenos ejemplos. El primero es Men Engage Alliance, una red global de 700 organizaciones de 70 países que, a través de estudios, buenas prácticas e investigación, busca transformar las masculinidades e involucrar activamente a hombres y niños para alcanzar una equidad de género. “Ellos deben ser parte de la solución”, sostienen, basados en principios feministas y de derechos humanos.

El otro es Unstereotype Alliance, plataforma de pensamiento y acción que busca erradicar los estereotipos dañinos de género en todos los medios y contenidos publicitarios. Convocada por ONU Mujeres, la entidad reúne a marcas socias y busca utilizar colectivamente la industria de la publicidad como una fuerza positiva para impulsar cambios a nivel global, empoderando a las mujeres en toda su diversidad y abordando las masculinidades dañinas para ayudar a construir un mundo con igualdad de género. Interesante y convocante.

Desde el punto de vista del trabajo, como organización hemos planteado con claridad que la trayectoria laboral de las mujeres y hombres no puede entenderse sin considerar las dos caras de la moneda: trabajo remunerado y trabajo no remunerado. En el mayoritario caso de los hombres, ellos son capaces de construir un desarrollo exitoso de carrera, ascender, capacitarse, porque asumen que pueden “delegar” el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado.

Somos testigos de las consecuencias de la ausencia de un sistema nacional de cuidados que, sumada a la falta de corresponsabilidad, obliga a las mujeres a estar constantemente lidiando con este tema, en desmedro de su autonomía económica, trayectorias profesionales, emprendimientos, su calidad de vida y las de sus familias. Y ojo, que esta lamentable discriminación social es avalada y reforzada por nuestro código laboral y una serie de leyes que, explícitamente, carga en ellas la exclusiva responsabilidad de las familias.

Con jardines y salas cunas cerradas, el panorama no es alentador. ¿Entonces qué hacer? Por una parte, requerimos con urgencia un cambio de paradigma del cuidado por uno donde se lo valore, pero en serio, y donde prime la corresponsabilidad. Sin ir más lejos, el estudio de ComunidadMujer “Cuánto aportamos al PIB” estimó, en primer lugar, que del total de horas de trabajo productivo, la mayor proporción corresponde al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado (53%) y que, a diferencia de las otras actividades es desarrollado mayoritariamente por mujeres (71%).

Otro resultado altamente relevante es que, el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado equivale al 22% del PIB Ampliado, lo que supera la contribución de todas las otras ramas de actividad económica.

El ser conscientes del valor económico de estas labores debiese empujar -de una vez- los cambios legislativos que han tardado más de lo debido, y que hace años venimos promoviendo las organizaciones feministas y de mujeres: sala cuna universal para hijos de trabajadoras y trabajadores, financiada por hombres y mujeres, tengan o no hijos, más empresa y Estado; licencias por enfermedad de hijos/as menores para padres y madres; crianza sin estereotipos y una educación no sexista, que permita que las próximas generaciones sean formadas en igualdad, entre otros.

Pero por estos días se abre otra ventana de oportunidad relevante: el proceso constituyente, que puede ayudar a instalar nuevos principios rectores, donde se releve la importancia del cuidado como eje de la sociedad y donde se consagre la corresponsabilidad social y parental como principios centrales. La experiencia internacional demuestra que ello permitiría habilitar leyes que den respuesta a esos principios.

Porque es hora de reconocer que este es un problema social y, por lo mismo, son múltiples los espacios a abordar y ámbitos en los que las leyes deben incidir. En lo inmediato, reiterar la urgencia de que las políticas públicas que se diseñen para enfrentar la crisis no sean neutrales en términos de género y ahí las autoridades tienen la palabra; no solo como un tema de justicia para las mujeres, sino de interés para el desarrollo y recuperación del país.

Columna publicada en Publifem, UDP, el 9 de noviembre de 2020

COLUMNA: La primera gran lección de la pandemia

Publicado por Alejandra Sepúlveda en Institucionales , Liderazgo , Mujer y política , Mujer y trabajo , Noticias , Noticias destacadas , Fecha 2 julio , 2020

Por Alejandra Sepúlveda Peñaranda, Directora Ejecutiva de ComunidadMujer.

¿Cómo avanzamos? ¿Cómo llegamos a más acuerdos como el que unió a las fuerzas políticas en torno a un nuevo proceso constituyente o el que dio un marco expansivo al gasto fiscal para enfrentar la crisis? La respuesta, al decir de Duflo, está en poner la dignidad de las personas en el centro de la protección social, en un mundo riesgoso e incierto. Probablemente, ahí está la verdadera oportunidad de recuperar la confianza”.

El martes se conoció la resolución del Consejo de la Alta Dirección Pública sobre la rebaja de la dieta parlamentaria y de secretarios de Estado en un 25% y en un 10% la del Presidente, intendentes y subsecretarios/as. A la espera de la designación de una comisión que debe fijar dichas remuneraciones cada cuatro años, esta medida va en la dirección correcta, pese a que “es completamente insuficiente” -según el propio Consejo- para resolver la crisis de confianza que afecta a las instituciones. Y llega en un momento dramático para el país, cuando se han destruido en dos meses 1,5 millones de puestos de trabajo y el desempleo ya subió a cifras inéditas: 11% en hombres y 11,5% en mujeres. Mientras la economía se desploma, surge con nitidez el paisaje de pobreza y necesidad.

Se oscurece nuestro horizonte con un virus que no da tregua y, más que nunca, necesitamos del buen hacer de la política, la democracia y sus instituciones. Es una de las primeras lecciones que deja esta pandemia, a la luz de la experiencia internacional, con la Primera Ministra neozelandesa a la cabeza, y al decir de muchos analistas. Sin ir más lejos, la premio nobel de Economía Esther Dufloó, comentaba el viernes recién pasado el mal momento Latinoamericano y la confianza en los gobiernos como determinante del éxito en el manejo de la crisis. “Si son eficaces, se crea confianza y sentido colectivo (…) si se percibe que fracasan, eso puede acelerar el desastre”.

Palabras que resuenan fuerte acá, ante una trayectoria larga de pérdida de certidumbre y seguridad de la ciudadanía, que obliga a enmendar el rumbo, no sólo utilizando todas las herramientas de apoyo al alcance, sino también con liderazgos empáticos, que escuchan y son capaces de alcanzar acuerdos duraderos en aras del bien común.

Por eso, no ayudan afirmaciones como las del intendente de Santiago respecto del caso Fruna. La autoridad tildó de “estupidez” que un jardín infantil operara irregularmente para dar respuesta a las operarias de la empresa obligadas a trabajar, a pesar de su cuestionable giro como “servicio esencial”. Pero nada dijo sobre el fondo: madres que no tienen cómo resolver el dilema del cuidado de sus hijos durante el estado de catástrofe y que, ante la necesidad, aceptan las condiciones de su empleador. Ellas, al igual que miles de trabajadoras con hijos menores de un año, siguen esperando una respuesta del Estado que ha tardado demasiado en llegar: un posnatal de emergencia u otras alternativas que no precaricen más su situación y las empuje a la inactividad.

¿Cómo avanzamos? ¿Cómo llegamos a más acuerdos como el que unió a las fuerzas políticas en torno a un nuevo proceso constituyente o el que dio un marco expansivo al gasto fiscal para enfrentar la crisis? La respuesta, al decir de Duflo, está en poner la dignidad de las personas en el centro de la protección social, en un mundo riesgoso e incierto. Probablemente, ahí está la verdadera oportunidad de recuperar la confianza.

Columna publicada en La Tercera, el jueves 02 de julio de 2020.

COLUMNA: Vulnerabilidad de origen

Publicado por Mercedes Ducci en Género y educación , Mujer y trabajo , Mujer y trabajo , Noticias , Noticias destacadas , Fecha 22 mayo , 2020

Por Mercedes Ducci Budge, presidenta de ComunidadMujer

De algún modo hay que saltar a otra etapa y la pandemia nos está forzando. Una crisis tan dramática como esta no puede pasar en vano. Si vamos a enfrentar todo el sufrimiento que necesariamente trae, al menos utilicemos la oportunidad de aprender que nos ofrece. Conectarnos con esa vulnerabilidad de origen es un camino para reconocer nuestra interdependencia y reconstruirnos como una sociedad capaz de escucharse, de cuidarse unos/as a otros/as y de valorar el aporte de cada cual. Sólo si logramos conectarnos ahora, desde eso que nos hace humanos, podremos enfrentar la otra crisis, la crisis económica y social que pulsa en el trasfondo.

Al llegar a lo más profundo de esta crisis, estallan los miedos, crece la angustia y nos encontramos de frente con nuestra profunda vulnerabilidad. La perspectiva de que los hospitales puedan colapsar y se deba elegir a quién dar prioridad, resulta aterradora. Esta pandemia nos conecta con algo muy profundo de nosotros mismos.

Porque los seres humanos sabemos lo que es la vulnerabilidad, aunque procuremos olvidarlo. Somos la especie que nace más desvalida. Adolf Portmann estimó que la gestación tendría que durar entre 18 y 21 meses, para alcanzar un desarrollo neurológico y cognitivo similar al de los chimpancés. La evolución de nuestro cerebro, para hacernos más inteligentes, hizo que el cráneo creciera. La cabeza no cabría en la pelvis femenina si el desarrollo avanzara más.
Al nacer, nuestra especie no tiene ninguna posibilidad de alimentarse por sí sola ni de procurarse el calor que necesita. Demora un año en ser capaz de caminar. Todo lo que conocemos como experiencia de familia nace de la necesidad de un círculo de amor y protección que nos permite suplir ese desamparo y, en el proceso, eso nos ha hecho humanos.

En este momento de vulnerabilidad profunda, algo hay de esa experiencia de origen. Pero no hay quién pueda darnos seguridad o certezas. Estamos en nuevo territorio. Las mujeres asumen la parte invisible, la demanda aumentada de cuidado de la enorme cantidad de personas que están en casa y que requieren atención, especialmente los niños y los ancianos. También ellas son mayoría entre quienes trabajan en los servicios de salud y en las áreas donde los empleos están siendo más amenazados. La sobrecarga trae un creciente estrés. Aún con ese constante esfuerzo puertas adentro, la violencia se ensaña en muchos hogares y, como sociedad, no logramos dar suficiente apoyo.

El tenor de la política y las redes sociales refleja la frustración frente a la incertidumbre. Los “enemigos” son el foco de la rabia y la hostilidad. Cada día sube la tensión. El miedo nos hace mezquinos. Y cuando más lo necesitamos, no logramos atrapar ese sentimiento de protección, de contar unos con otros, de poder sumar las fortalezas y suplir las debilidades.

Pero de algún modo hay que saltar a otra etapa y la pandemia nos está forzando. Una crisis tan dramática como esta no puede pasar en vano. Si vamos a enfrentar todo el sufrimiento que necesariamente trae, al menos utilicemos la oportunidad de aprender que nos ofrece. Conectarnos con esa vulnerabilidad de origen es un camino para reconocer nuestra interdependencia y reconstruirnos como una sociedad capaz de escucharse, de cuidarse unos/as a otros/as y de valorar el aporte de cada cual. Sólo si logramos conectarnos ahora, desde eso que nos hace humanos, podremos enfrentar la otra crisis, la crisis económica y social que pulsa en el trasfondo.

Columna publicada en La Tercera, el 20 de mayo de 2020.

COLUMNA: Las mujeres en la primera línea de la pandemia

Publicado por Alejandra Sepúlveda en Mujer y trabajo , Noticias , Noticias destacadas , Fecha 10 abril , 2020

Por Alejandra Sepúlveda Peñaranda, directora ejecutiva de ComunidadMujer

No podemos seguir abordando la crisis con una perspectiva neutral al género, partiendo por el tratamiento de la información, pero también por la manera en que articulamos formas de intervención eficaces, donde las responsabilidades estén distribuidas entre los actores económicos y sociales con capacidad de hacer una diferencia.

A poco más de cuatro meses desde que se conoció el primer caso en el mundo, la pregunta “cuánto nos cambiará la pandemia” concita respuestas divergentes. Pero en lo que hay coincidencia es que esta crisis está dejando la vulnerabilidad humana al desnudo, mostrándonos la peor cara de la desigualdad.
Mientras hacemos frente a la emergencia y logramos retomar la actividad económica con salvataje financiero y ayuda social, surge el dilema de cómo saldremos de ésta y la necesidad de poner foco en quienes más sufren. En ese grupo enorme y heterogéneo están las mujeres.

Sabemos que han aumentado los riesgos de violencia que ellas sufren y, especialmente, la que se produce al interior del hogar, agravada por la obligación del confinamiento con el agresor, la incertidumbre económica, la sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado y las tensiones que conlleva. Los obstáculos para acceder a ayuda en cuarentena son mayores. Las llamadas al fono de orientación dispuesto por el gobierno (1455) se dispararon del fin de semana del 20 de marzo al siguiente en un 70% -de 532 a 907-, evidenciando la necesidad de robustecer la respuesta en la atención, protección, seguimiento y defensa de estos casos.