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María Teresa Ruiz: ‘Hay neuronas pero no están bien administradas’

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*Nota publicada el sábado 19 de marzo en La Tercera

Cuando le entregaron el Premio Nacional de Ciencias Exactas en 1997, justo cuando tenía 50 años, a María Teresa Ruiz le preguntaron cuáles eran sus planes de investigación para lo que le quedaba de vida. “Me bajó una depresión horrorosa, porque hasta ese momento nunca había calculado cuánto tenía por delante. Quedé media tembleque por un tiempo hasta que decidí que la única forma de vivir era pensar que la vida dura para siempre”.

Con esa consigna, la astrónoma que dirige el Centro de Astrofísica y Tecnologías Afines, en el Cerro Calán, que además es vicepresidenta de ComunidadMujer, escribe libros de astronomía para niños y dicta charlas, asumió hace tres semanas la presidencia de la Academia Chilena de Ciencias en un momento crítico en su área, mientras, por un lado, los científicos protestan por la falta de recursos y los desórdenes administrativos y, por otro, hay expectativas en torno a la creación de un ministerio de ciencia.

Casada con el físico Fernando Lund -que ganó el mismo Premio Nacional cuatro años después que ella-, cumplió 69 años pero jubilarse no es una opción en este momento. “Me encanta ser abuela (tiene dos nietos menores de dos años), pero no me podría dedicar full time a eso. Moriría de lata”, dice Ruiz, quien es la primera mujer en llegar a encabezar esa institución -que agrupa a los más destacados científicos del país, quienes son elegidos por sus pares-, así como fue la primera en graduarse en la carrera de astrofísica en la Universidad de Princeton.

Al ser la única mujer, ¿la perseguían mucho sus compañeros?

Si pasó, no me di cuenta. Parte del secreto de poder sobreponerme a posibles discriminaciones es que no me doy cuenta. Hay cosas que sí noté: hacían tareas en grupo y a mí nunca me invitaron a participar.

¿Por qué?

Al principio trataba de justificarlo como una culpa mía, tal vez hablaba mal inglés, pero eran ellos los que tenían problemas para tratarme como una colega y yo no tenía ni interés ni ganas de ayudarlos a que lo superaran. De hecho, dos años después entró otra mujer, una gringa químicamente pura, brillante y andaba agarrada de mí porque la discriminaban.

¿Eran como niños de colegios de hombres?

Exactamente. Cuando hacíamos fiestas y poníamos cumbias ellos iban felices, pero cuando se trataba de trabajar juntos no sabían cómo hacerlo.

¿Es machista el ambiente científico?

En ciertos aspectos, sí. Los científicos tenemos un ego grande, pero diría que las mujeres lo manejamos mejor, en cambio los hombres se creen los reyes de la selva. Algunos son muy agresivos y eso es valorado: si alguien en una conferencia plantea sus ideas y agrede a quienes tienen otra posición, no es castigado, sino que lo encuentran súper power. En el otro extremo, ves científicos hipertímidos, nerd total y también son respetados: “no habla, pero es súper capo”, te dicen. En cambio, a una mujer así de agresiva no la invitan nunca más a una conferencia por vieja bruja y si es muy tímida, no la toman en cuenta. Las mujeres que pueden abrirse camino en ciencia tienen un rango de personalidad mucho más acotado.

¿Cómo son?

Muy seguras de sí mismas, porque tienen muchas barreras que saltar antes de validarse. Si se van a dedicar a la ciencia seguramente tuvieron que convencer a su familia y a un montón de gente de que quieren esto en serio.

¿Cómo lo hizo usted con su familia?

Cuando salí del Liceo 7, mis papás me tenían lista una pega en el Banco Central con unos pitutos. Yo no quería y pude estudiar gracias a que la educación era gratis. Cuando dije que quería entrar al plan común de ingeniería fue un poco traumático para mi mamá porque consideraba que era una profesión muy poco femenina. Era el año 69 o antes. Se empezó a conformar porque sus amigas le dijeron que para hacerlo debía ser muy inteligente. Ahí empezó a sacar pechuga y cuando estaba bien pechugona, le dije que iba a seguir astronomía. Ahí no entendió nada, creía que iba a hacer el horóscopo. A mi papá, que era bien artista y volado, le pareció fantástico.

Cosa de niños

¿Tuvo solo un hijo para privilegiar su carrera?

Influyó. Con Fernando hacíamos coincidir las conferencias para viajar juntos y llevar a Camilo. Cuando él estaba en su conferencia, yo hacía de babysitter y al revés. Era una época sin internet, si no ibas a conferencias quedabas fuera de lo que estaba pasando en el mundo. Además, cuando tuve a mi hijo acá en la universidad me bajaron el sueldo, porque hay una asignación por productividad y obviamente el año que tuve a Camilo fue menor.

¿Era inusual ver a un hombre como su marido a la par en las tareas domésticas?

Súper inusual. Mi papá, que era machista a morir, siempre decía que Fernando era una desgracia para el gremio. Las nuevas generaciones son distintas.

Usted ganó el Premio Nacional antes que él, ¿hubo celos profesionales?

No, todo lo contrario. Él ayudó a mis colegas a recolectar la información para presentarme al Premio Nacional y los malditos ni me dijeron. Me contaron solamente cuando iba a salir en el diario. No le dije nada, porque quedé tan contenta de que me presentaran mis colegas en un país tan chaquetero… Me conmovió.

¿Qué pensó cuando ganó el premio?

Después de pasar años investigando me preguntaba hasta qué punto no fue una irresponsabilidad elegir esto, veía compañeros de ingeniería que ganaban diez veces más que yo. Pensaba en qué pasaría si a Camilo le venía una enfermedad grave, no tenía plata para un tratamiento caro. Pero cuando me dieron el premio todas esas dudas desaparecieron. Fue como si me dijeran: lo que haces al país le importa. De ahí en adelante empecé a interesarme más en dar charlas y en difundir la astronomía. Tener al público un poco más informado y a los niños, que son una maravilla.

¿A quién es más fácil enseñarles astronomía, a los niños o a los adultos?

A los niños, porque no tienen tanta preconcepción. Los adultos creen que tienen una respuesta a todo, aunque sea incorrecta, y es muy difícil cambiar eso. Los niños no se resisten a explorar nuevas posibilidades.

¿Les interesa la ciencia a los niños?

Creo que sí, porque tienen inmaculada la curiosidad del mundo que están descubriendo. Me pasa con mi nieto, veo cómo se emociona cuando descubre algo nuevo. Cuando tenía un año estuvo día tras día en el patio de mi casa con la manguera tratando de entender por qué no podía agarrar el agua con la mano. Ahora, como dice mi colega José Maza, a los niños hay que llegarles a las neuronas antes que a las hormonas. Una vez que entran a la etapa del desarrollo hormonal, sobre todo las mujeres, se ponen todas lánguidas, una lata. He ido a colegios mixtos a dar charlas y las niñas siempre están colgando de algún niño con cara de ‘qué lata estar acá’. Los chiquillos tienen más resiliencia, se interesan más y de repente tiran a la niña para el lado para hacer alguna pregunta. Pero la verdad me da un poco de lata a veces dar charlas en cursos de media. Si son puras mujeres, no hay problema.

El mayor descubrimiento

Titulada de astronomía en 1971, estuvo siete años estudiando fuera del país y ha desarrollado líneas de investigación en temas como nebulosas, sistemas planetarios y diversos tipos de estrellas.

¿Por qué estudia estrellas muertas?

Cuando llegamos a Chile, con José Maza nos dimos cuenta de que estábamos al fin del mundo, nadie venía a darnos una charla y las revistas llegaban meses después, podías dedicarte a algo que otros ya estaban investigando sin enterarte. La única manera de avanzar era tener nuestro propio pull de cosas que observar. Me puse a estudiar estrellas enanas blancas frías y me gané un nombre dentro de esa comunidad porque empecé a encontrar otras estrellas de ese tipo y a publicarlas. Trabajando en eso observé un objeto que era muy raro, muy débil, que resultó ser la primera enana café conocida, que fue probablemente el momento más emocionante de mi carrera porque teóricamente se había predicho su existencia, pero nadie las había visto.

¿Cuánto hubo de casualidad en ese descubrimiento?

Cien por ciento. Fue suerte. Siempre he dicho que ese fue un regalo que me hizo el universo después de tanto esfuerzo, porque yo no las estaba buscando y es casi imposible verlas. Vi la primera y le puse Kelu.

¿Por qué no le puso su nombre?

Kelu significa rojo en idioma mapuche y me pareció lindo. La gente que le pone su nombre a las cosas me da pudor, vergüenza ajena.

Usted ha criticado que se tome el calentamiento global como una verdad absoluta. ¿Se convenció de que está subiendo la temperatura del planeta?

Hay cambios climáticos, quién sabe si son periódicos, quién sabe si son crecientes. Ha habido cambios en el pasado, así que posiblemente los haya ahora también. No trabajo en ese tema, es conflictivo y si una dice algo, se te tiran altiro.

Ya le pasó hace unos años cuando fue a Tolerancia Cero y dijo que el cambio climático era un acto de fe.

Sí, ya me ha pasado. Tengo la impresión de que es una actividad que se escapó hace tiempo de la mano de los científicos y que está muy dominada por intereses de otro tipo. Hay mucha gente que se gana la vida con esto. El día que encuentren que no cambió nada capaz que se les acabe la pega. He conversado con gente no escéptica y están de acuerdo que esto de medir la temperatura no es fácil.

Respeto por el saber

“Creo que en este país hay muy poca valoración de lo que la ciencia puede aportar a su desarrollo. En el Instituto de Chile, donde está la intelectualidad del país, estarían fascinados de asesorar al gobierno y a los parlamentarios, que no tienen por qué saber de todos los temas. Una manera de disminuir el lobby malintencionado sería asesorarse por instituciones como esta”, dice la astrónoma.

¿Cómo piensa participar la Academia de Ciencia en los debates que hay en el área hoy?

Le solicitamos a la Presidenta involucrarnos en la discusión de la nueva institucionalidad. En este momento la ciencia está en la debacle en ese sentido. Conicyt ha estado descabezado harto tiempo y no hemos tenido alguien que pueda defender el presupuesto para la ciencia, porque esta área es el comodín: cuando no hay plata, le cortan a la ciencia y si los investigadores reclaman, nadie los infla. No somos tantos como para hacer una protesta en la calle. Pero han salido a la calle.

Un puñado de personas. Por personalidad los científicos no son gente que vaya a hacerlo. Yo no iría a la calle a hacer una protesta.

¿Por qué?

Me cargan las protestas, las marchas y todas esas cosas me dan susto. No sirvo para andar en choclones vociferantes.

De hecho, esta semana un grupo de científicos salió a protestar por el retraso de cinco meses en el pago de sus fondos de investigación. ¿Qué opina de eso?

La burocracia en Conicyt está funcionando muy mal, y al parecer sin tomar conciencia de que al atrasar o dificultar los pagos comprometidos están afectando negativamente la investigación científica, que es la razón de que exista Conicyt, y también las vidas de muchos becarios postdoctorados e investigadores y sus familias que cuentan con esos ingresos para subsistir. Me parece inaceptable y tiene que cambiar ya.

¿Cómo piensa convencer a los políticos?

Conversando con ellos, haciéndoles entender de la importancia del desarrollo de la ciencia y de cuán atrasados estamos. Seducirlos con argumentos y no a palos.

¿Existe una instancia que represente a todos los científicos, a los jóvenes y los más experimentados?

No, no la hay. A pesar de mi apoyo unánime en la academia, ese tema me pone un poco nerviosa. Alguien me dijo que liderar un grupo de científicos es como arrear gatos. Como son personas bastante capaces, todos creen que tienen una mejor idea y cuesta ponerlos de acuerdo. Algunos reclamamos porque creemos que debería haber más ciencia en Chile, pero yo no quiero más plata para mí, quiero que haya más fondos para tener más centros de investigación porque creo que es un problema si no hay más científicos que puedan entender la realidad y hacer un país con un poco más de neuronas.

¿Faltan neuronas?

Están en las cabezas de la gente, pero no están bien administradas. Entonces una ve estas leseras como la estafa de AC Inversions. Cómo no se dan cuenta… Hay que administrar mejor las neuronas, ocuparlas y tener amor por hacer las cosas bien. Acá hay una tremenda admiración por el maestro chasquilla y poco respeto por el profesionalismo.

¿Pretende alinear a los científicos alrededor de la academia?

Sí, quisiera hacer que la academia represente lo mejor posible a los científicos, además de acercar la institución a la gente de la calle, a los educadores y a la política. Los científicos estamos tan entretenidos en nuestros laboratorios que qué lata ir a hacer lobby en el Congreso o ir a conversar con fulanito que a lo mejor no te abre la puerta. En esta directiva queremos cambiar eso y hablar más con la sociedad en general.

¿Cómo?

Vamos a ir a conversar con el gobierno, los parlamentarios y también con los empresarios para que entiendan qué pueden hacer los científicos. Tengo que aprovechar que tengo buenas redes. Me llevo bien con políticos de derecha, de izquierda y del medio, y con empresarios de todo tipo. Los científicos vamos con una chomba chilota y hawaianas a estirar la mano para que nos den plata, pero así ningún empresario nos va a tomar en serio. Hay que ir a hablarles en su idioma: en qué los va a beneficiar esto.

¿Debe la ciencia terminar en algo que dé plata?

Desde que los economistas son dueños del país ha cambiado mucho lo que se considera importante y lo que no. Cuando me fui el año 71 a Princeton, la gente quería estudiar para devolverle al país lo que te había dado, en particular los que estudiamos gratis. Regresé el 78 a un país donde los estudiantes que querían astronomía me venían a preguntar por mi sueldo. Cuando yo les contestaba, salían corriendo. Las cosas evolucionan y a los chiquillos ahora les interesa saber si van a poder realizarse como personas y hacer cosas interesantes siendo astrónomos. Te preguntan cuánto ganas, pero ahora es la segunda o tercera pregunta.

¿Los empresarios quieren ver resultados?

Que se tenga que invertir tanta plata en estos locos que andan empujando los límites del conocimiento, estudiando la pata de una mosca o una estrella muerta, “¿Pero para qué nos sirve esto? No, qué lata. Pongamos plata en algo que nos dé frutos altiro”. Ahí es donde se equivocan los economistas, porque la ciencia puede producir cosas, pero no en el corto plazo necesariamente. Pero si no haces investigación, no va a pasar absolutamente nada.

¿Le gusta el modelo de ministerio de ciencias que incorpora innovación?

El tema son las ciencias sociales y humanidades, porque es importante darles el lugar que se merecen y me gustaría que estén dentro del ministerio. Pero si metes innovación, cuesta tenerlos ahí. Las ciencias sociales son importantísimas para analizar lo que está pasando en el país y necesitamos gente que trabaje seriamente para que nos explique lo que está pasando, no a un opinólogo.