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Columna de Elena Serrano: Ahora lo sabemos

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El caso de La Manada, en España, sirvió que para que otros países, incluido Chile, revisaran sus legislaciones sobre la tipificación del delito de violación. También ha servido para hacer visible el calvario que debe sufrir una mujer violada que decide denunciar al violador. Es este calvario el que hoy es bandera de los movimientos de mujeres, tema de política pública y de literatura académica.

Los aplausos sonaron fuerte en la Cámara de Diputados hace un par de semanas, cuando se aprobó en forma unánime el proyecto, iniciativa de cuatro diputadas, que modifica la tipificación del delito de violación. El proyecto, llamado “Sin consentimiento es violación”, tiene como objetivo cambiar la tipificación de abuso sexual con el fin de crear una normativa más estricta que entregue mayor resguardo a las víctimas y que se haga cargo de nuestra realidad, vivida por incontables mujeres que son y han sido objeto de violencia sexual. Solo en 2018 hubo 28.132 violaciones en Chile. Se estima que este número representa apenas un 20% del total, ya que la mayoría no llega a denuncia debido a la relación de vínculo familiar entre la víctima y su agresor.

El proyecto incorpora como elemento esencial del delito de violación la falta de consentimiento de la víctima; se considera el engaño como indicador de falta de consentimiento, y se establece que la falta de oposición de la víctima no constituye manifestación de consentimiento. Agrega que no es posible para la victima prestar resistencia cuando es coaccionada por la participación de más de una persona en la comisión de los hechos.

Cuentan las diputadas que las primeras reacciones fueron “machistas e ignorantes”. Hubo algunas burlas, aunque se les informó sobre los estándares internacionales, donde se considera que los delitos sexuales se construyen sobre la ausencia de consentimiento de la víctima y no sobre hipótesis previas fijadas por el legislador. Con el correr de los meses y las pavorosas cifras de violación en Chile, los parlamentarios se inclinaron a aprobarlo. La unanimidad surgió a raíz del escándalo universal provocado por al caso de La Manada, en España.

Una joven de 18 años fue forzada a mantener relaciones sexuales con cinco hombres en el portal oscuro de un edificio, con abusos que incluyeron penetraciones anales y vaginales, felaciones, y eyaculaciones. El episodio fue grabado por los violadores en sus teléfonos y difundido luego por redes sociales. Sin embargo, el tribunal consideró que se trataba de abuso y no de violación. “Quedó muy claro que fueron relaciones sexuales consentidas, ya que ella no presentó ninguna resistencia”. La joven declaró que tuvo que “someterse porque entró en estado de shock, y cerrar los ojos, para que todo acabara cuanto antes”. Los detalles del juicio, el desenfado de los abogados defensores, la orfandad de la víctima y luego el veredicto provocaron marchas y protestas de mujeres en todo el mundo, con pancartas que decían “No es No”, “Yo sí te creo” y “Sin consentimiento es violación”.

Haciéndose eco del clamor global, dos años después la Corte Suprema de España revertía el fallo y aumentaba las penas, declarando que efectivamente se trataba de una violación, ya que la muchacha estuvo en todo momento privada de consentimiento. El precedente sirvió que para que otros países, incluido Chile, revisaran sus legislaciones para adaptarlas a una realidad imposible de ignorar. También ha servido para hacer visible el calvario que debe sufrir una mujer violada que decide denunciar al violador. Es este calvario el que hoy es bandera de los movimientos de mujeres, tema de política pública y de literatura académica.

“Las que hemos sido violadas no queremos recordarlo. Por lo tanto, no actuamos como víctimas. Entonces no nos creen, ni las policías ni los médicos, ya que se supone que de alguna forma lo provocamos. La conclusión, por lo tanto, es que tenemos que haberlo deseado. Nosotras, las violadas, tenemos que gritar, llorar, pelear, representar el papel para convencer a aquellos que nos juzgarán, ya que sabemos cómo nos tratará el sistema, cómo nuestras carreras quedarán truncadas, y lo viviremos en total soledad”.

Pero ahora nosotras, las otras, ya sabemos lo suficiente para creerles. Hemos aprendido que si guardamos silencio para protegernos, perpetuamos nuestro aislamiento y nuestra soledad. Somos un mar de mujeres que sin embargo nos convertimos en islas entre unas y otras. Algo tiene que romperse, pero no nosotras. Nunca más nosotras.

Columna original publicada en El Líbero