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Opinión

COLUMNA: ¿Quién definió que las labores domésticas y de cuidado no son trabajo?

ComunidadMujer trabajar-en-casa-e1584982705265-746x419 Género y educación Mujer y trabajo Noticias Noticias destacadas Opinión

Por Paula Poblete, directora de Estudios de ComunidadMujer

Un estudio de ComunidadMujer estimó en $44 billones al año el valor económico del trabajo doméstico y de cuidado que no es remunerado en Chile. Un 67% de este valor es aportado por mujeres. La autora de la columna explica que con este trabajo gratuito y frecuentemente despreciado, “millones de mujeres subsidian el desarrollo de nuestro país…Para que se haga una idea, el aporte en mantener al hogar, cuando se contabiliza, supera con creces el aporte que hace la minería a la economía chilena.”

Quisiera partir compartiendo algunos de los comentarios que hemos recibido tras la publicación del estudio ¿Cuánto aportamos al PIB? Primer Estudio Nacional de Valoración Económica del Trabajo Doméstico y de Cuidado No Remunerado en Chile”.

“No existe el trabajo no remunerado en las labores domésticas de la dueña de casa, la remuneración es el ahorro familiar en ese concepto, hábil para ser gastado en otro ítem”.

“Estas orcos quieren que se les pague por bañar a sus hijos, tener su casa limpia, o cuidar a su madre o padre en edad avanzada. Es decir, quieren que se les pague por hacer lo que deben hacer. Es como si a mí me pagaran por lavarme los dientes”.

“Por supuesto que es “trabajo” y es necesario, pero ¿aporta al PIB? Si mi compañera/o se queda en casa para realizar esas labores (suponiendo que así lo decidimos en conjunto) por supuesto que es un beneficio para mí, y puedo compartir mi ingreso (me facilita realizar mi aporte al PIB con mi trabajo remunerado), pero no es un aporte directo al PIB…”.

“Articulo ridículo. Gran parte del supuesto trabajo no remunerado es trueque. Ayer me cuidaron a mí gratis, hoy cuido gratis”.

“Las dueñas de casa tienen remuneración ¿o acaso es gratis la mantención del hogar? Es decir, el pago de las cuentas, comidas, ropa, arriendos o dividendos, colegios, transportes, etc. Es decisión de la madre ser dueña de casa, de común acuerdo con el marido cuando se tienen hijos”.

Para cerrar esta muestra, un último diálogo entre dos hombres.

“Yo feliz cambiaría los roles y me quedaría en la casa lavando ropa”. Y el otro responde: “Ese es el problema de nuestra idiosincrasia; no nos importa ser poco útiles ante la sociedad”.

Si bien el perfil de quienes suelen comentar en este tipo de portales no necesariamente es representativo de las mayorías o los promedios, es innegable que, en general, el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado no es reconocido en su valor productivo, es decir, como parte de las actividades necesarias para que funcione el sistema social y económico, de manera de generar riqueza. Es considerado un deber de las mujeres, compensado a través del cariño, de la satisfacción de preservar a la familia y de la provisión gratuita de algunos bienes y servicios, lo que nos recuerda fórmulas cercanas a la esclavitud o a lo que la socióloga española María Ángeles Durán llama el “cuidatoriado”.

Esta subestimación no solo encuentra su origen y perpetuación en el orden sexo-género imperante en nuestra cultura, sino también en la institucionalidad que nos rige. ¿Quién definió que las labores domésticas y de cuidado no son trabajo? ¿Quién decidió tildarlas de “inactividad” en las estadísticas de empleo? Probablemente a un grupo de hombres muy similar al que inventó el Sistema de Cuentas Nacionales —donde desde EE.UU. lideraba el economista ruso-estadounidense Simon Kuznets—, que no considera los “servicios domésticos y de cuidado no remunerado, producidos para el propio hogar o para hogares de terceros” dentro del Producto Interno Bruto (PIB). Es decir, estos servicios no se miden dentro del principal instrumento estandarizado mundialmente para hacer seguimiento al desarrollo de los países. Y si no se miden, no existen, no se valoran y no se gestionan.

Con esta decisión, este grupo invisibilizó la labor que realizan millones de mujeres cada día y dieron pie a comentarios como los reseñados y que lleva a las propias mujeres que son dueñas de casa a responder que “no trabajan”, cuando se les pregunta sobre su ocupación. La buena noticia es que las mujeres que han ingresado al mercado laboral han sido las primeras en dar cuenta de su doble jornada, porque ellas sí son conscientes de que cumplen con labores remuneradas y con labores que no lo son, pero que ambas representan esfuerzo y debe ser reconocido.

Desde las estadísticas (que son la base del diseño de las políticas públicas) se observa el mundo como si las y los trabajadores aparecieran en sus lugares de trabajo por generación espontánea, sin que haya habido labores domésticas y de cuidado que les permitieran renovar sus energías para desenvolverse en ese espacio.

Subyace la idea tanto o más absurda de suponer que no existieran responsabilidades domésticas o de cuidado durante el día, o peor aún, asumir que solo las mujeres las tienen. Imaginar que el día empieza y termina con la jornada laboral remunerada, no solo es falaz sino muy dañino para una sana reproducción del sistema social y económico.

Las labores domésticas —cocinar, limpiar, lavar, planchar, cuidar mascotas y plantas, hacer pequeñas reparaciones en el hogar, abastecerlo y administrarlo— y de cuidado —de personas enfermas, discapacitadas, de niños/as, adolescentes, jóvenes, personas adultas y adultas mayores— son muy importantes para la generación de riqueza, son labores críticas para el bienestar social y el devenir de la economía del país. En simple, sin ellas, nada funciona. Para muchos, una buena lección está dando la pandemia del coronavirus Covid-19 en ese sentido, con las familias haciendo malabares para cuidar a los niños y niñas que no pueden ir al colegio, cocinando porque ya no está disponible el casino y haciendo el aseo en la casa porque ya no es posible contar con ayuda en esas tareas.

Con el objetivo de visibilizar y reconocer el aporte de estas labores —a partir de los datos provistos por la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo (INE, 2015)—, ComunidadMujer, con el apoyo de la Unión Europea en Chile, realizó una estimación del valor económico de las tareas de Trabajo Doméstico y de Cuidado No Remunerado (TDCNR) que realizan las personas mayores de 15 años en Chile, hombres y mujeres.

El estudio llevó adelante tres ejercicios para estimar el valor de estas tareas, de los cuales destacamos uno, que consistió en estimar cuánto costaría en el mercado pagar por cada hora dedicada al Trabajo Doméstico y de Cuidado No Remunerado, asignándole a cada hora un valor-hora específico[1]. Es decir, para las labores de limpieza, se asignó un valor-hora diferente de aquel precio que habría que pagar en el mercado por una labor de cuidado de niños pequeños o de adultos mayores, por ejemplo (Encuesta CASEN 2015).

Según esta metodología, el valor del Trabajo Doméstico y de Cuidado No Remunerado suma 44 billones de pesos al año. Esta cifra es gigantesca. Con este trabajo gratuito y despreciado, millones de mujeres subsidian el desarrollo de nuestro país. Tanto es así, que si esta cifra se suma al PIB del año correspondiente (2015), este crece en un 28%. De este “PIB Ampliado” el Trabajo Doméstico y de Cuidado No Remunerado equivale al 21,8%, transformándose en la actividad económica más importante de Chile, superando con creces al aporte de la minería (6,7%), el comercio (8,8%), la industria (9,1%) y los servicios financieros y empresariales (11,8%). Un 67% de este valor es aportado por las mujeres.

Pese a la importancia económica de este trabajo, quienes hacen las políticas públicas en nuestro país, hasta ahora habían sido ignorantes de este valor, contribuyendo a su escasa valoración social y a la falta de programas destinados a mejorar las condiciones en que se realiza. Por otro lado, esta invisibilización se ha traducido en muy pocos esfuerzos por desnaturalizar los sesgos de género asociados y promover la corresponsabilidad. Al mismo tiempo, al no medir el aporte al desarrollo económico, se inventan fórmulas que escasamente pueden compensar y reconocer el valor de este trabajo, como el Bono por Hijo o la Pensión Básica Solidaria.

La economía no es neutral al género y aquí tenemos un ejemplo nítido. Por demasiados siglos las mujeres hemos estado fuera del diseño del mundo. No nos ha quedado más opción que adaptarnos. Casi nada está hecho a nuestra medida. El traje calza perfecto para los hombres del grupo dominante. Cuando los hombres monopolizan los espacios de decisión, las necesidades de las mujeres no son consideradas. Chile puede dar un paso que comience a dejar atrás esta oscura tradición. Si en el próximo plebiscito ganan las opciones del “Apruebo” y de la “Convención Constitucional”, quienes redactarán el nuevo pacto social plasmado en la Constitución serán paritariamente hombres y mujeres. No perdamos la tremenda oportunidad de comenzar a escribir nuestro futuro en conjunto, sin dejar a nadie abajo del carro de las oportunidades, el desarrollo sostenible y el progreso.

*Columna publicada el 23 de marzo en Ciper Académico