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Opinión

COLUMNA: La crisis puertas adentro

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Por Mercedes Ducci Budge, presidenta de ComunidadMujer

En estos tiempos se hace indispensable redistribuir ese trabajo y avanzar en corresponsabilidad. Porque es justo y, además, urgente para aminorar el efecto negativo de esta sobrecarga. La cuarentena puede agudizar también los problemas de salud mental, algo en lo que nuestro país -sabemos- tiene un mal diagnóstico.

En estos días parece que efectivamente el mundo estuviera parando -como pedía Mafalda- y vemos la posibilidad cierta de que este aislamiento se prolongue. Probablemente veremos parar más sectores, hasta que queden funcionando sólo los servicios básicos. Sí, nos estamos “bajando” del mundo.

Por ahora, para muchas personas continúa la necesidad de seguir yendo a sus lugares de trabajo. Las mujeres son más del 80% de las personas empleadas en el sector sanitario y social, que tiene la mayor exposición al virus y, por tanto, mayores posibilidades de contagio. Asumen, además, gran parte de los costos emocionales de la pandemia.

Para las que necesitan salir, si tienen hijos en casa, está la preocupación de asegurar su cuidado. Las tareas habituales no dejan de apremiar, peor si padres y madres muy mayores están aislados y requieren de más apoyo. Las horas se hacen pocas. Así, la tensión en los hogares aumenta y la carga emocional y física se acumula.

Otras trabajadoras pueden hacer el trabajo desde la casa. En pequeños espacios, la suma de trabajar a distancia, las demandas de los colegios de enseñar a los niños y las tareas domésticas y de cuidado pueden ser abrumadoras.

Solo una de cada diez parejas distribuye las tareas del hogar de manera equitativa. Las que asumen esa combinación de tareas suelen ser, nuevamente, las mujeres. En tiempos normales, el 71% del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado lo asumen ellas y, en estos tiempos de excepción, esa carga aumenta más con la presencia de los niños en la casa durante todo el día y la dificultad de contar con ayuda externa o de familiares que antes podrían estar disponibles.

En estos tiempos se hace indispensable redistribuir ese trabajo y avanzar en corresponsabilidad. Porque es justo y, además, urgente para aminorar el efecto negativo de esta sobrecarga. La cuarentena puede agudizar también los problemas de salud mental, algo en lo que nuestro país -sabemos- tiene un mal diagnóstico.

Más grave aún es la situación de las mujeres que sufren violencia doméstica y dónde víctima y agresor quedan ahora confinados en un mismo espacio, donde no se espera visitas de amigos ni parientes. Se vive en una amenaza latente, que en cualquier momento derivará en violencia. Por eso es clave que haya un sistema de asistencia y que las y los vecinos y conocidos puedan estar muy atentos y tener “señales” establecidas para saber cuándo pedir ayuda e intervenir si es necesario.
Así, tenemos entre las manos no sólo una gran crisis sanitaria, sino otra emergencia puertas adentro, que nos obliga a actuar como sociedad organizada y a protegernos unos a otros.

Nuestro llamado es a que esta emergencia no nos deje indiferentes frente a las dinámicas que se dan al interior de las familias, a que no repliquemos las desigualdades de género y aprovechemos esta oportunidad, para quienes se quedan en casa, para ejercer la corresponsabilidad.

Columna publicada en La Tercera, el 26 de marzo de 2020