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Opinión

COLUMNA: Justicia y equidad de género. No te ajustes, transforma

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Fuente: El Desconcierto

Durante el pasado Mayo Feminista, las universitarias llamaron nuestra atención sobre las discriminaciones y violencias que atraviesan las mujeres al interior del sistema educativo. La educación sexista; es decir, aquella que a través del currículum oculto perpetúa las distinciones de género tradicionales, reproduce al interior de los colegios y las universidades los estereotipos que determinan que las mujeres sean “mejores para esto” y los hombres “mejores para esto otro”. Efectivamente hay más mujeres dentro de las aulas, pero la equidad también pasa por contar con más grados de libertad para pensarnos e imaginarnos, así como poder fantasear con nuevos futuros y posibilidades distintas a las heredadas.

Por Stephanie Otth V.

El Informe de Género, Educación y Trabajo (GET) publicado por ComunidadMujer durante Octubre, responde oportunamente a la urgencia de contar con datos que den cuenta de manera concreta de las inequidades que atraviesan las mujeres de distintas generaciones de nuestro país. Propone acciones en distintos niveles para interrumpir las brechas, que deben ser ejecutadas tanto en lo público como en lo privado. El análisis transgeneracional que propone el informe, rescata las condiciones de vida de nuestras abuelas, madres e hijas y permite corroborar que, si bien las nietas cuentan con mayores y mejores oportunidades, la equidad plena aún nos es lejana. El crecimiento global de las últimas décadas no ha asegurado condiciones de vida más justas y equitativas para todos. Un ejemplo de esto se ve en nuestros sueldos: si bien los ingresos han aumentado en general, la brecha salarial entre hombres y mujeres no se ha visto reducida, alcanzando una diferencia de hasta el 29%. Este peak se relaciona con los años en que las mujeres nos dedicados a las tareas de maternidad y crianza.

En lo que sigue quiero destacar las principales conclusiones del informe y ofrecer algunas reflexiones en torno a cómo estamos entendiendo y promoviendo la justicia en general y la equidad de género en específico. Si bien hemos avanzando, no podemos contentarnos con mejores índices y tasas de participación en el trabajo y en la educación. Es un paso necesario pero no él único. Si queremos efectivamente promover una sociedad más justa y amable debemos interrogarnos por la calidad de nuestras experiencias y cuán conformes estamos con las elecciones de vida que estamos, como hombres y mujeres, pudiendo realizar.

En síntesis, el GET 2018 señala que la vida de las mujeres ha cambiado de una generación a otra pero que la de los hombres no. Segundo, confirma que el acceso a la educación es crucial para el desarrollo de las mujeres. Tercero, reafirma que la brecha salarial aumenta con la edad y cuarto demuestra lo que significa – en temas de educación y trabajo- vivir en un país tan centralizado como Chile.

¿Qué cambio queremos? Asimilación v/s Transformación

Efectivamente las condiciones de vida de las mujeres han mejorado en los últimos años, la prueba de esto está en el informe: hoy las mujeres tenemos más acceso a la educación y al trabajo que nuestras madres y que nuestras abuelas. Ahora bien, ¿qué todo/as cumplamos con la escolaridad obligatoria o podamos acceder relativamente a las mismas prestaciones de salud, significa que nuestra experiencia como mujeres al interior de dichas instituciones se da en igualdad de condiciones que la de los hombres?

Durante el pasado Mayo Feminista, las universitarias llamaron nuestra atención sobre las discriminaciones y violencias que atraviesan las mujeres al interior del sistema educativo. La educación sexista; es decir, aquella que a través del currículum oculto perpetúa las distinciones de género tradicionales, reproduce al interior de los colegios y las universidades los estereotipos que determinan que las mujeres sean “mejores para esto” y los hombres “mejores para esto otro”. Efectivamente hay más mujeres dentro de las aulas, pero la equidad también pasa por contar con más grados de libertad para pensarnos e imaginarnos, así como poder fantasear con nuevos futuros y posibilidades distintas a las heredadas.

Si lo que el informe GET señala es correcto, y la vida de los hombres no ha presentado variaciones significativas, ¿qué tipo de cambio social hemos promovido? Aunque la vida de las mujeres del presente sea significativamente distinta a las de ayer, que los hombres no reporten transformaciones refleja que las medidas de equidad que hemos promovido han sido más inclusivas que transformadoras. En otras palabras, pareciera que hemos tomado el trabajo por la equidad como la promoción de estrategias que permitan a las mujeres incluirse a un mundo masculinizado, más que ofrecer condiciones estructurales de posibilidad para replantearnos el status quo de manera transversal. Por supuesto que queremos mejores condiciones para todos, pero para ello no sólo debemos promover el desarrollo de la mujer sino repensar aquellos espacios y funciones sociales que los hombres, por distintas razones, no están pudiendo asumir.

Así, si bien la participación laboral de las mujeres ha aumentado (aunque las últimas mediciones del INE informan que ésta ha vuelto a disminuir) no hemos podido realizar cambios estructurales en los sistemas; por ej. En los horarios y exigencias. Pero e igual de importante, tampoco hemos podido modificar nuestras valoraciones; seguimos dividiendo y calificando ciertas tareas como propiamente femeninas y secundarias y otras como masculinas y primordiales, seguimos considerando que los niños de temprana edad se ven perjudicados en su desarrollo si su madre trabaja, seguimos pensando que si un hombre no provee éste no se hace responsable de su familia. La equidad, si queremos tomarla de manera sustantiva y global, pasa por cuestionarnos estas lógicas y construir nuevos ordenamientos donde exista mayor autonomía y espacio para que los arreglos personales y los acuerdos vinculares de cada pareja se puedan sostener.

En resumen, el ‘vaso está medio lleno y medio vacío’, pues si bien nuestras nietas están en mejores condiciones que nuestras abuelas, la estructura cultural sigue calibrada en clave masculina. Lo complejo es que esa “masculinidad” tampoco es única ni igual para todos. La perpetuación de este estatus quo no sólo tiene costos para las mujeres, también está marginando a las nuevas y diversas masculinidades, invisibilizando esas otras formas de ser varón que se resisten a conformarse con responder a lo establecido. Sigamos avanzando, pues se puede hacer mejor.