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María Teresa Ruiz, la artista secreta

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Fuente y fotografías: Pauta.cl

Cuando los ojos de la astrónoma no están mirando el cielo, están apuntando a sus manos, que bordan retratos extraordinarios. Detrás de la científica más importante de Chile se esconde una artista secreta.

Por Rafaela Lahore

Los cinco rostros, bordados en lana, miran desde el cuadro que está colgado en el living de María Teresa Ruiz. La astrónoma ha bordado cada detalle: la mano de su madre sosteniendo un cigarro, los ojos serios de su padre, el pelo de sus dos hermanas, la boca de su hermano. Sobre una mesa que hay en la esquina del cuadro, casi como si fuera otro personaje, resalta un cenicero. Ella, la primera astrónoma egresada de la Universidad de Chile, bajó los ojos para bordar ese cuadro en 1973. Acababa de llegar a Princeton y era, también, la primera mujer en la historia en estudiar allí un doctorado en astrofísica.

—Lo empecé a hacer como una manera de recordar a mi familia. Como una forma de traerlos. De ese cuadro solo mi hermana, la rubia, está viva —dice, un poco emocionada—. Excepto mi mamá, todos murieron de cáncer al pulmón. Por fumar.

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En el cuadro, algo escondida, también aparece ella. Por encima de la cabeza de su padre, como si colgara de la pared bordada, hay un retrato de la joven astrónoma. En esa foto descolorida, casi rosada, se ve cómo era entonces: su pelo largo, sus ojos grandes, con los que a sus 27 años empezaban a estudiar qué misterios se esconden detrás del cielo. Ahora, casi medio siglo después, está sentada en el living de su casa de Las Condes, y dice que si tuviera que quedarse con uno de sus bordados, con uno solo, se quedaría con ese. Con el primero.

Después, vinieron muchos otros. Cuadros que bordó mientras aprendía física y matemática o, años más tarde, cuando volvía de los observatorios a los que iba a buscar respuestas. En esta mañana de invierno después de la nieve, se acerca a uno de ellos. A un retrato de una mujer que cuelga desde su pared.

—Ay, tiene alopecia —dice, acomodándole el pelo.

La mujer, hecha de retazos de tela sobre un fondo violeta, tiene ojos color ladrillo y la cabeza recostada sobre sus brazos. Su pelo nace de su cabeza como si más que un cuadro fuera una muñeca. Desde las paredes, la acompañan otras mujeres. Una de ellas, de ojos azules, serios, tiene el pelo negro estampado sobre rojo. De su cuello cae un collar de caracoles reales y de sus senos un velo que alguna vez fue blanco, pero que ahora está grisáceo por el esmog. Al costado, mirando hacia abajo, una mujer teje al lado de una ventana. El tejido rojo se vuelve real, se escapa del cuadro, cuelga.

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—Lo primero que hago es bordar los ojos —dice la astrónoma de 71 años—. Si los ojos no me miran, no puedo seguir. Cuando hice mi autorretrato me costó mucho, porque me miro muy poco al espejo, entonces no estaba acostumbrada a mirar mi mirada, no sabía cómo era.

Detrás de los lentes grises de marco fino, los ojos castaños de la astrónoma apuntan al frente. Miran satisfechos, contemplativos. Colgado en la pared de su casa, el cuadro insiste en devolverle la mirada, como si fuera un espejo.

—¿Luego la obra te dice cómo seguir?

—Hay un punto en que adquiere personalidad propia. Ya no eres libre de hacer lo que quieras con ella. La obra te dice “aquí nada de azul, corresponde un poco naranja”. Te va guiando. Es como en la ciencia, cuando vas a comprobar una hipótesis, en mi caso con el telescopio, y lo que averiguas no coincide para nada. Cuando era joven muchas veces me daba una frustración tremenda que el universo no se comportara como yo pensaba, hasta que me di cuenta de que era ahí cuando aprendía. Tenía que buscar mejor, pensar más y darle otra vuelta, hasta poder entender.

Un cielo de témpera oscura

El premio, para una niña de 14 años, era perfecto: un tocadiscos portátil. María Teresa Ruiz hacía sus tareas en la casa de su abuela, en Providencia, mientras escuchaba un programa juvenil de la época. De pronto, un anuncio del locutor la entusiasmó: se acababa de lanzar un concurso de pintura. La consigna era pintar una escena de las Fiestas Patrias. Era setiembre de 1961 y la futura astrónoma tuvo una idea astuta, tramposa: le pidió a su padre, egresado de Bellas Artes, que hiciera el dibujo por ella.

El padre, que por eso años trabajaba como contador, había armado un pequeño taller en su casa, donde solía dibujar retratos a plumilla. Allí, entre esas cuatro paredes repletas de lápices y pinturas, pintó para su hija un desfile militar, que a ella le pareció perfecto. Ella también pinceló su versión de las Fiestas Patrias: usando temperas al agua, pintó fuegos artificiales. Una calle adornada por banderas chilenas. Algunas parejas que bailaban cueca. Arriba de ellas, un cielo estrellado. Un cielo oscuro salpicado de blanco, como el que vería infinitas veces durante las próximas décadas. Envió a su nombre las dos pinturas y esperó a ver qué pasaba.

La tarde que anunciaron los ganadores, ella escuchaba atenta la radio. El locutor dijo: “Primer premio, María Teresa Ruiz”. Cuando al día siguiente fue al lugar donde exhibían las pinturas, se llevó una sorpresa: la premiada no era la de su padre, sino la suya.

—Yo aprendí a pintar y dibujar casi antes que ninguna otra cosa. Mi padre era muy crítico. A los cuatro años me enseñaba perspectiva —dice la astrónoma, rodeada por las mujeres de sus cuadros—. Cuando yo dibujaba casas y calles que no tenían punto de fuga, me explicaba cómo hacerlas. También la figura humana, sus proporciones.

Cuando llegó el momento, dudó de qué carrera estudiar. Los últimos años los había dedicado a aprender dibujo y pintura con reconocidos pintores de la época. Ellos estaban tan entusiasmados con ella, que la futura astrónoma se preguntó si allí, en el dibujo a mano alzada, en los óleos de colores, estaba su futuro. Su padre fue claro: le dijo que si había otra cosa que la hiciera feliz se dedicara a eso. Que dejara el arte para ella. Si no, quizás, le pasara como a él, que había perdido su trabajo de contador y se aburría haciendo dibujos para otros: ilustraciones para el gobierno o publicidades para empresas.

Entonces, como siempre le había interesado la ciencia, María Teresa Ruiz se anotó en Ingeniería en la Universidad de Chile. Quería ser ingeniera química, porque creía que eso era lo más cercano a ser científica. Una noche, poco más tarde, el cielo brillaría sobre su cabeza en el Valle del Elqui y ella se daría cuenta de que, en verdad, tenía que dedicar su vida a entender el universo. Durante las tardes, sin embargo, continuaba con sus clases de pintura.

—Tenía copada mi vida con los estudios, pero me di cuenta de que esas clases, lejos de llenarme más mi vida, me la desocupaban. Me sentía más lúcida y más capaz de hacer las otras cosas. Fue casi terapéutico.

La mecánica cuántica tampoco lo sabe

Las manos de María Teresa Ruiz continuaron bordando. En 1978, cinco años después de haber terminado su doctorado en Princeton, ya había hecho una decena de cuadros. Por ese entonces, mientras trabajaba como astrónoma visitante en la Universidad Nacional Autónoma de México, llegó a Santiago por dos semanas para tratar de encontrar respuestas en los cielos del sur.

En el avión viajó con sus bordados. Quería mostrárselos al director del Instituto Cultural de Las Condes. Él, apenas los vio, le ofreció exhibirlos. El proceso fue rápido: la semana siguiente María Teresa Ruiz inauguró una muestra de doce bordados que llamó “Una búsqueda en el arte”. Esa sería la única vez que su talento artístico escaparía de las paredes de su casa. La única vez que alguien, además de su familia o sus amigos, podría admirarlo.

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Mientras su carrera como científica seguía creciendo, ella no dejaba de bordar. Ese mismo año viajó con su esposo, el científico Fernando Lund, a Nueva York. En las noches trabajaba en el Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA. Durante el día, recolectaba telas para sus cuadros.

—En las tardes íbamos por Soho, que en esa época tenía muchas fábricas de ropa. Tiraban a la basura recortes de tela, a veces tremendos trozos de distintos colores y tipos. Con Fernando íbamos con bolsas y las traíamos llenas.

—¿Crees que podrías haber sido una artista exitosa?

—No tengo idea. En mecánica cuántica hay algo que se llama valores propios. Significa que tienes todas las opciones, pero cuando tomas una, no existe ni una posibilidad de ver cómo te hubiera ido con las otras. La única vez que dudé de lo que estudié fue cuando tenía mi hijo chico y el sueldo en la universidad era realmente malo. Me preocupaba, porque con suerte nos alcanzaba para terminar el mes. Se me quitó esa duda cuando me dieron el Premio Nacional de Ciencias. En ese momento fue como si el país me dijera “nos importa lo que usted hace”.

Una gran parte de los cuadros que la astrónoma ha bordado están colgados en la casa de veraneo que tiene entre Zapallar y Maitencillo. Es allí donde cada fin de semana se sienta en el jardín, frente a un mar enorme, despejado, y aprovecha la visión que aún le queda en el ojo derecho —ya perdió la del izquierdo— para darle vida a los hilos de lana. Para bordar sus rostros más cercanos: el de su hijo, el de su nuera, el de su esposo. Hasta ahora, ellos han sido los pocos testigos de un arte que, como le había recomendado su padre, ella ha mantenido en secreto.