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Opinión

Columna: Aterrizando principios

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Fuente: Voces de La Tercera

Por Andrea Bentancor, directora de estudios de ComunidadMujer

Hace algunos días Cepal, FAO, ONU Mujeres, PNUD y OIT dieron a conocer el Informe Regional “Trabajo decente e igualdad de género. Políticas para mejorar el acceso y la calidad del empleo de las mujeres en América Latina y el Caribe”.

En este informe se postula que, a efectos de abordar las desigualdades propias de la región, los países deben concentrar esfuerzos y recursos en políticas orientadas hacia las mujeres, quienes en mayor proporción se ven afectadas por la pobreza y los bajos salarios.

Por otra parte, se destaca que ellas destinan buena parte de su jornada a las tareas domésticas y al cuidado familiar, postergando su inserción y desarrollo laboral.

Si bien en términos de brecha salarial los resultados de la última década son dispares, las cifras promedio de participación laboral, desempleo y años de escolaridad, entre otras, muestran mejoras en casi todos los países.

Yendo más allá de los promedios, sin embargo, se detectan grupos claramente rezagados: trabajadoras rurales y trabajadoras agrícolas, trabajadoras indígenas y afrodescendientes, trabajadoras migrantes, trabajadoras del hogar y, por último, mujeres jóvenes. En estos casos el informe recomienda desarrollar y llevar adelante políticas específicas, que apunten a subsanar las deficiencias y las barreras que cada grupo en particular enfrenta.

Dos grandes preguntas se desprenden del diagnóstico de las grandes cifras. La primera refiere al modo de producir y crecer de las economías la región. ¿Hasta qué punto es posible continuar incorporando mujeres al mercado laboral y mejorando sus condiciones de trabajo sin realizar cambios al modelo de desarrollo? La segunda tiene relación con la situación actual. De materializarse un escenario de menores precios de los productos primarios (cobre, soja, carne, café, etc.), ¿será capaz la región de sostener los recientes logros?

A mi juicio, a efectos de atender varias de las recomendaciones del informe, se requiere previamente reflexionar respecto a algunos aspectos puntuales de la realidad chilena que afectan cómo las mujeres se incorporan al mercado de trabajo y qué resultados obtienen de aquello. Entre éstos: heterogeneidad territorial; diferencias de productividad según tamaño de las empresas y desafíos que impone la subcontratación; extensión de la jornada laboral y problemas para conciliar trabajo y responsabilidades familiares; baja representatividad femenina en gremios, sindicatos y otros entes.

Al interior del país coexisten distintas realidades, habiendo territorios más dinámicos que el promedio y otros que notoriamente quedan atrás. En este sentido, cabe destacar que si bien la normativa laboral es única, el mercado laboral no lo es, cada territorio requiere particular atención. La futura descentralización debe ir más allá de la elección de intendentes. Recursos y capacidades deben transferirse para poder aterrizar los grandes lineamientos nacionales con programas y acciones locales que procuren avances en materia de igualdad entre hombres y mujeres.

No es lo mismo una microempresa que una grande. La heterogeneidad es alta. La productividad varía según el tamaño de la firma. Avanzar en igualdad de género en el mercado de trabajo requiere atender estas diferencias. Vinculado con esto, debe considerarse que la subcontratación impone desafíos, los logros que se alcanzan en materia de prácticas en pos de una mayor conciliación entre responsabilidades familiares y trabajo remunerado con alta probabilidad se diluyen cuando las grandes empresas subcontratan en otras pequeñas de menor productividad promedio.

La extensión de la jornada laboral chilena, aunada a los problemas de transporte que se enfrentan en las grandes ciudades del país, demanda mayor análisis. Futuras reformas laborales no debiesen dejar este aspecto de lado. A pesar de la reducción desde 48 horas hasta 45 horas semanales, Chile continúa siendo uno de los países donde más horas se asignan al trabajo remunerado.

Finalmente, mucho se ha hablado de un fortalecimiento de los sindicatos y de la negociación colectiva. En ese contexto, cabe considerar que la mayor igualdad entre hombres y mujeres no resultará automáticamente de esos procesos, a menos que las mujeres estén mejor representadas tanto en los sindicatos como en los niveles más altos de las empresas, gremios y autoridades. La reciente y celebrable presencia femenina al más alto nivel –presidencia de la CUT, por ejemplo- no garantiza en si misma avances si es que las mujeres no se incorporan desde las bases, pasando por los mandos medios, llegando al vértice de las instituciones.