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Opinión

Columna: El verdadero padrón

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Por Andrea Bentancor, directora de Estudios ComunidadMujer

Menos personas de lo previsto votaron en las últimas elecciones presidenciales. Se señala que aproximadamente uno de cada dos de los habilitados no concurrieron a votar.

De ese grupo de personas, debe distinguirse a los que decidieron no votar, de los que no pudieron hacerlo. Respecto a estos últimos, los chilenos en el exterior constituyen el caso más evidente. A pesar de estar en el padrón, no pueden votar.

Sin embargo, cabe advertir que hay otros grupos de personas que tampoco pueden, en la práctica, ejercer su derecho. Por eso, el fenómeno de la abstención no puede analizarse sin abordar qué tan complejo es para algunos ciudadanos votar.

Cerca de un 6% de los mayores de 17 años tiene algún tipo de discapacidad. En algunos casos esa condición dificulta su movilidad, determinando que dependan de otros que le acompañen.

Algo más de 6% de las personas de entre 60 y 69 años tiene dificultades para desempeñarse autónomamente en tareas cotidianas (bañarse, lavarse los dientes, comer solo, desplazarse dentro de la casa, etc.). Ese porcentaje se eleva hasta 21% entre los mayores de 70 años. Nuevamente, estas personas requieren apoyo para concurrir a votar.

Cabe señalar que los problemas de autonomía se acentúan en los quintiles más bajos de la distribución de ingresos. Un 8% de quienes tienen entre 60 y 69 años, del primer quintil, tienen dificultades para desempeñarse autónomamente. Ese porcentaje cae a 4% entre los del quinto quintil. Más de 27% de los que tienen más de 70 años, del primer quintil, requiere de asistencia para tareas cotidianas. Ese porcentaje cae a 19% entre las personas del quinto quintil. Algo similar ocurre entre las personas con alguna discapacidad, pero en este caso las diferencias van desde el 7%, de los primeros quintiles, a algo más del 4% del 20% de mayores ingresos de la población.

A eso se suma que las capacidades de apoyar y trasladar a personas con problemas de autonomía son menores entre quienes tienen menos ingresos, mayores problemas de acceso al transporte público, más restricciones horarias en sus trabajos, etc.

En otro grupo están quienes trabajan los domingos. ¿Para cuántos de los que concurrieron a trabajar el domingo, dos horas eran suficientes para trasladarse hasta su lugar de votación? No lo sabemos.

Un problema similar tienen quienes por trabajo o estudio han dejado su región. ¿Cuántos cuentan con ingresos y tiempo para viajar por el fin de semana desde Santiago a Temuco, por poner un ejemplo? No lo sabemos.

Podrá decirse que los problemas aquí mencionados han existido siempre. Es verdad, pero pienso que éstos tienen actualmente una incidencia mayor que la que tenían hace algunos años. La población ha envejecido y más jóvenes acceden a educación fuera de su región.

Y lo que es más importante: hacia el futuro la importancia de estos problemas será aún mayor. En un contexto de envejecimiento progresivo, un mayor porcentaje de la población requerirá de cuidado y, por tanto, de asistencia para realizar todo tipo de tareas, entre ellas concurrir a votar.

El debate debe ir más allá de lo relativo a “voto obligatorio” o “voto voluntario”1. Chile debe pensar cómo incorporar a quienes hoy, estando formalmente en el padrón, en la práctica no lo están. ¿Voto por correspondencia? ¿Permitir votar fuera de su mesa a quienes días previos lo soliciten?

Cualquiera de esas medidas tiene costos y beneficios. Quienes han comparado experiencias de otros países podrán proponer y promover las mejores alternativas. Ampliar la discusión parece recomendable.

Columna publicada el 26 de noviembre en Voces de La Tercera