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Opinión

Columna: Otra mirada sobre fecundidad

Por Andrea Bentancor, directora de estudios de ComunidadMujer

ENTRE LOS datos del último censo conocidos recientemente, se ha destacado el descenso en la tasa de fecundidad a 1,45 hijos por mujer en edad fértil, desde el registro de 1,59 correspondiente a 2002.

Cuando se divulgan estas estadísticas, frecuentemente el énfasis se pone en las mujeres. Es común escuchar: “Ellas estarían postergando la maternidad para priorizar sus carreras profesionales” o “debido al mayor acceso a métodos anticonceptivos estarían teniendo menos hijos”. Pese a que dichas afirmaciones no son equivocadas, la realidad del fenómeno es más compleja. Normas y actitudes sociales, costos de tener hijos e hijas y dificultades para compatibilizar vida laboral con maternidad y paternidad inciden sobre personas, parejas, determinando la disminución de la tasa de fecundidad. En la práctica, mujeres y hombres están postergando tener hijos o, derechamente, están decidiendo no tenerlos.

Los cambios son generacionales; los jóvenes, hombres y mujeres, estudian y permanecen más años junto a sus padres. Luego ingresan a un mercado de trabajo más inestable, donde cambiar de empresa u oficio es más frecuente que en décadas anteriores. Así, demoran en asentarse en lo laboral y optan por vivir solos o conviven más tiempo antes de decidir si quieren tener hijos y formar familia.

Hay otro elemento importante: la percepción sobre los costos que se deben enfrentar al tener hijos. En particular, el costo de acceder a educación de calidad es central: 77% de los entrevistados (con y sin hijos) de la Encuesta Bicentenario de PUC y Adimark cree que “es mejor tener pocos hijos para darles una educación de mejor calidad”.

Finalmente, las dificultades que se enfrentan para compatibilizar trabajo y vida familiar son claves. Tener jornadas diarias de entre ocho y 10 horas durante cinco o seis veces a la semana, más tiempos de traslado, tensionan esa capacidad. Debido a factores culturales, normativa vigente y brechas de ingresos, históricamente las mujeres han disminuido horas de trabajo remunerado (o se han retirado del mercado laboral) para asumir tareas de cuidado. Si bien esa división tradicional de responsabilidades familiares se mantiene, su costo, y el dilema asociado, aumenta a medida que el nivel educativo de ellas lo hace.

Frente a ello hemos sostenido que la conciliación y el cuidado compartido de padres y madres incidirían positivamente sobre mujeres y hombres, facilitándoles la decisión sobre cantidad de hijos que desean tener. Del mismo modo, la disponibilidad de cuidado infantil formal y de calidad aparece como un elemento efectivo cuando la provisión se establece de modo permanente y alcanza las distintas etapas críticas: salacuna, jardín infantil, sistema escolar.

Con esas políticas los países nórdicos enfrentaron la caída que registró su tasa de fecundidad en los 70 y lograron revertir la tendencia descendente, al punto que hoy tienen las mayores tasas de fecundidad y de empleo femenino de la Ocde.

De un modo u otro, estos temas estarán este año en el debate y es de esperar que motiven la generación de propuestas de política pública. Sin embargo, resulta indispensable que el análisis se haga de manera completa, ya que fenómenos complejos, como los demográficos, no debiesen admitir lecturas unidimensionales.

Columna publicada en La Tercera el lunes 15 de abril de 2013